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| LA PARÁBOLA DE LA JABALINA: Por Dr. Javier González (Javi) | |
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Relato XLVII Por D. Javier González (Javi)
Coincidí con él en un punto de recogida de basura. Yo me disponía a colocar un somier de cama de matrimonio que pesaba tanto como la digestión de uno de esos almuerzos de domingo, merecedores de una siesta. Volví a preguntarme dónde dormiría pues nadie en el pueblo había nunca sabido darme norte de su paradero. Creo que ese chico tiene casa, la verdad es que no se mete con nadie, y aunque lo veas buscando alrededor de los contendores y papeleras, a él no le falta de nada, manías que se nos meten en la cabeza, me han dicho algunos mientras tomo el café antes de ir al trabajo; creo que él vive debajo de un puente, hay quien dice que fue ciclista profesional y que va escapando con lo que encuentra en los contendores, me dijeron otros. Sea como fuere, tras colocar el somier, él aparcó la bici, la calzó en el suelo extendiendo su pata y rodeó los contendores verdes como una hiena que hace su primera aproximación sobre la víctima ya muerta. Y con la misma sonrisa rastrera de ese animal de cuartos traseros caídos, cuando sienta sus reales sobre la pieza marcando aquel territorio como propio, me enseñó su dentadura tricolor en la que el sarro negro hacía aún más blancos los dientes, al tiempo que clavó su mirada en mis ojos y con un giro de cabeza me indicó sin mediar palabra alguna: aquí sobras, muchacho. Seguramente fuera por respeto que el somier, a pesar de los kilos y de haberme dejado los dedos marcados durante el transporte, apenas hizo ruido al dejarlo reposar apoyado en el contendor, proyectando en el lateral verde la sombra de la red metálica por la que antaño quedaron atrapados proyectos e ilusiones, jadeos y vaivenes no natos que ahora pasarían a dormitar en el vertedero, junto con otros somieres y colchones, la carroña de los sueños conyugales. Volví a casa y cuando ya me disponía a coger la horizontal y dejar que el trabajo de los jugos gástricos junto con los efluvios televisivos me sumieran en un confortable sopor, oí la voz del sentido común que me dijo: no pensarás dormirte sin antes sacar del cuarto el bastidor de la cama. Y sin rechistar me puse manos a la obra, y de nuevo me dirigí al mismo lugar, cargando el marco de un enorme cuadro que según caminaba fue ocupado con un paisaje naturista que desplegaba al frente todo el colorido en verde y rojo de un pitanguero con sus frutos maduros que hay en la plaza por donde pasé, y como fondo la imagen costumbrista de una señora durmiendo en uno de los bancos, con su jaula llena de periquitos que amenizaban sus sueños. Así fue como volví a coincidir con él en el punto de recogida de basura. Quería descargar el bastidor junto al somier, para que ambos fueran recogidos por los servicios de limpieza, ya que tras todos aquellos años siendo el sustento de tantas y tantas conversaciones entre cuerpos y almas como habían soportado, se me hacía incómodo separarlos, al hacérseles imposible mantener en silencio los diálogos que sobre ellos, arropados entre sábanas, tuvieron lugar, pero su bicicleta me lo impedía. Mi retina quedo petrificada, como la de quien pasea por El Prado y de pronto entra en una habitación que observa vacía hasta que divisa un solo cuadro en ella y entiende el por qué. Cuando descargué el bastidor en el suelo, me entretuve mirando a su través, a la espera de que moviese su medio de transporte, útil tanto para él como para los objetos recogidos, y la imagen que encuadraron aquellas cuatro esquinas cuyas cuatro patas parecieron proyectarse hasta dejar el marco colgado a la pared del edificio del fondo, como si de un cuadro se tratase, fue la siguiente: él se encontraba ojeando, sobre la tapa de uno de los contenedores a modo de mesa de estudio, una de las tantas revistas que había encontrado y en un primer plano estaba la bicicleta, que no dejó de mirar de reojo mientras yo apoyaba la madera en el suelo. La imagen que él tenía enfrente, la mía enmarcada por el bastidor, no debió parecerle lienzo atractivo pues apenas fijó su mirada en mí, conocedor de que la mercancía que yo aportaba no era de su interés y de que mi persona no suponía amenaza alguna para tener que volver a sonreír como señal de defensa de su propiedad. Conforme el cuadro cobró vida fui haciéndome consciente de toda su simbología. Él permanecía con la mirada oblicua, fija en la revista, ofreciéndome el lado izquierdo de su cara, y tan solo cuando pasó la página y volteó su cabeza comencé a entender la versión popular de los hechos. Me dije a mí mismo: solo faltaría que se llamase Vicente en honor a Vincent Van Gogh, ya que le faltaba buena parte de su oreja derecha al igual que a éste. Sin embargo la del pintor holandés solo perdió el lóbulo tras el corte que se auto infringió pero en su caso carecía de la parte medial quedando el lóbulo inconexo de aquel alerón superior. Aprovechó el traslado de visión sobre la siguiente página para no perder de vista su bicicleta de ruedas fluorescentes, que portan tantos catadióptricos como radios, sus infinitos bidones para el agua y sus estuches donde meter pequeños objetos, que rodean tanto la cesta delantera como la barqueta trasera que usa para transportar lo que va encontrando, preferentemente pequeños peluches que terminan sujetos al armazón de la bicicleta. Mientras él continuaba pasando páginas, el imaginario ciclista de mi cuadro iba tomando forma. Haciendo uso de las habladurías populares, mi Vicente se configuraba como un exprofesional del ciclismo dado el peso que añade a las barquetas tras sus pesquisas en los contendores, al que hay que sumar el de su bicicleta, que por el modelo y textura podría andar en unos quince kilogramos. De ahí su afición actual por los peluches como recuerdo infantil de todos aquellos trofeos ganados durante sus carreras en el pueblo y alrededores que le habrían servido para ir haciéndose con un caché hasta que se fijaron en él. Vicente debió tener siempre aspiraciones de campeón, de jefe de la manada y, en algún punto de su vida, al igual que su homónimo pintor entendió que el comercio del arte es una farsa; pronto debió asimilar que el deporte de competición también puede ser una farsa pues él, siendo el mejor, nunca fue nombrado jefe de filas y vivió a la sombra como aguador en cuantos equipos estuvo. Cada vez le habría sido más difícil adaptarse a un cierto orden y someterse a alguien que le dirigiese, con la desgracia añadida de que su intento por destacar en una etapa reina acabó fallido, harto de bajar hasta los coches de apoyo para cargar su maillot con bidones de agua para el resto de componentes del equipo, así como de bajar a por la protección necesaria contra el frío sufrido por el resto de corredores cuando en los puertos de montaña se producen los cambios de tiempo. Si bien coronó con una amplia ventaja sobre el pelotón perseguidor, suficiente para llegar a meta tras el llano que seguía al descenso, tuvo la osadía de bajar a tumba abierta buscando dejar aún mas asfalto de por medio. La desgracia se cebó en su lado derecho al patinar en una curva que trazó de dentro afuera, dejando en el asfalto el trozo de oreja que le falta. Como resultado de este lance comenzarían los problemas auditivos que posteriormente le condujeron a un menor uso del lenguaje oral y la inseguridad fue mermando sus facultades, haciendo sus relaciones más ariscas y temerosas lo que justifican las innumerables botellas que rodean su bicicleta, llenas con aire, que hacen de defensa como las ruedas que cuelgan en un muelle, y que impiden al barco rozar con el mismo al ser abarloado en la maniobra de atraque, así como todas las riñoneras que lleva en los laterales de las seretas que ha unido a la bici y que le sirven para transportar los objetos que obtiene tras olfatear en al basura y que han de recordarle los bolsillos de los maillots, en los que subía la barritas energéticas y cuanto material hiciese falta a sus compañeros de pelotón. A todo esto hay que añadir un gran espejo que sobresale por el lateral izquierdo del manillar que le ayuda como retrovisor y que es su más fiel amigo, ya que le devuelve la imagen no mutilada de su cara, harto como está de que los padres utilicen el otro lado para asustar a sus hijos y conseguir así que cumplan sus órdenes. Observándolo a través del bastidor le vi pasar rápidamente las hojas de la revista. Me recordó a todo aquel que compra un periódico deportivo y no siendo amante del fútbol pasa las hojas deprisa hasta dar en las páginas finales con la única que hace referencia a su deporte preferido. Pero aquella no era una revista dedicada al ciclismo donde tal vez en el pasado, y con el mismo fervor, pasó las hojas buscando la entrevista de su vida. Era de moda femenina y a mí se me antojó que Vicente podría estar buscando un rostro de mujer perdido en su memoria, aquella cara a partir de la cual el bastidor que enmarcaba su vida dejó de ser rectangular, comenzó a sentirse incómodo en aquel marco que hasta la fecha le había permitido codearse con los mejores y la red metálica del somier de su colchón ya no fue capaz de atajar voluntades hilvanadas con esperanzas ni sueños zurcidos con delirios. Al mirar de reojo a su bicicleta cayó en la cuenta de que yo estaba esperando a que la quitase y así poder colocar las dos piezas de la cama juntas, para que no estorbasen el paso de los coches. Votó las revistas, cerró la mesa de estudio dejando caer la tapa con suavidad y dando la vuelta a los contendores no me apartó la mirada. ¡Qué! ¿Pasa algo? parecieron decir las palabras que emitieron sus ojos. Cuando me haya ido podrás hacer lo que quieras, continuó moviendo sus párpados. Yo me quedé allí, quieto, como un buitre que espera su turno para beneficiarse con los restos que carroñeros de más peso hayan dejado. Y se fue cabalgando en su montura de dos ruedas cual jinete sin fronteras ni preocupaciones. Regresé a casa con el bastidor de mis propias ideas en la cabeza, ese que nos encorseta en un marco que todos entendemos de normalidad, para acabar postrado en el sofá dejando que el televisor me anulase, tejiendo su propia maraña de alienaciones en una red de alambres como las del somier, y así poder seguir viviendo conforme a la realidad que se ha ido dibujando en torno al lienzo de mi vida. De soslayo eché un vistazo a mi propia bicicleta, apoyada en la pared del salón, y acto seguido hice botar mi cuerpo sobre los mullidos cojines del sillón. No me devolvió crujido alguno. Con un suspiro de alivio sentí que podía abandonarme tranquilamente a la siesta, seguro de que la idea que ya rondaba por mi mente quedaría atrapada en la urdimbre del sofá y que al despertar aún mi bicicleta estaría apoyada en la pared del salón y no acompañándome en busca de nuevos horizontes como lo hace Vicente. Javier González premiado en el I Certamen de relatos breves Instituto Andaluz del Deporte “Yo, deportista”
El pasado lunes día 28 se reunió el jurado encargado de fallar el I Certamen de relatos breves “Yo, deportista” IAD 2011. El jurado, compuesto -de acuerdo con las normas de la convocatoria- por dos personas relacionadas con la literatura y otras dos con el deporte -Francisca Bazalo, Carmen García, Isabel Guerrero y Mónica Montosa- coincidió unánimemente en resaltar la calidad general de las obras presentadas, y tras una votación acordó conceder los cinco premios -un libro electrónico modelo Papyre 6.1- a las obras premiadas, entre ellas la de nuestro colaborador en sección “LA PARÁBOLA DE LA JABALINA” del Doctor Javier González, relatos que pueden seguir todos los miércoles en Realejos Deportivo. El jurado destacó la originalidad de la aproximación al acto deportivo de las cinco narraciones, muy diversas desde el punto de vista cronológico, geográfico e incluso conceptual. ¡FELICIDADES JAVI'
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